La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro

es sólo una ilusión persistente.

Albert Einstein


A Ignacio Manso, de San Miguel de Pedroso en Burgos, y a todos los que como él, testigos vivos de nuestro pasado, que con su esfuerzo desinteresado y entusiasta contribuyen a reunir generaciones en torno a un pasado común para acercarnos más y comprendernos mejor.



Tras unas 3 horas por la N-I, la abandonamos para dirigirnos hacia Arlanzón, donde teníamos previsto comenzar un pequeño recorrido circular por tierras de Burgos antes de dirigirnos hacia nuestro destino principal: el yacimiento de Atapuerca.

A la salida de esta localidad dejamos atrás una bonita de dehesa de roble rebollo entre los que había alguna que otra barbacoa y mesas. Lástima que el día, gris y algo fresco, no invitara a disfrutarla y por la hora, temprana aún, tampoco nos quedamos a comer. Continuamos por la BU-820 en dirección a Santa Cruz del Valle Urbión, nuestra primera parada, pero en nuestro camino no cesamos de ver coches parados en cunetas y gente buscando setas, así es que nos metimos por una carretera que transcurría entre robles en dirección a Urriz. Pronto desistimos y dimos la vuelta ya que las únicas setas que conocemos son los níscalos así es que por muchas que hubiera, no podíamos cogerlas.

Después de dejar el embalse de Urquiza a nuestra derecha y subir el puerto de El Matorro, el paisaje aparece con densos bosques poblados de pinos, abetos y el colorido ocre de algunas manchas, nos señalan hayedos. Al fondo del valle, recogido y tranquilo, aparece Santa Cruz del Valle que atravesamos bajo una fina capa de agua y admirando rincones que conservaban casas de entramado de madera y mortero. Pero nuestro primer destino era visitar su hayedo y comer, así es que continuamos sin detenernos por una estrecha pista forestal que trascurría hacia el fondo del valle. Y como no, nos cruzamos con varios turismos que regresaban y tuvimos que hacer algunas “contorsiones” para caber. Unos dos kilómetros y medio después llegamos al final de esta pista donde hay un merendero Allí comimos.

Echamos de menos a los chicos. Era la primera vez que partíamos sin ellos y nos sentiamos “abandonados”. La vida se abre paso, y a veces a empujones.


Comenzamos un delicioso paseo hacia el hayedo por la ribera del, suponemos, río Urbión, que corría abundante y juguetón por todos los rincones que podía, ya que a su curso se sumaban las acequias abiertas para el riego de huertos y prados. El suelo estaba alfombrado de hierba y el principio del camino poblado de vegetación de ribera con servales, fresnos, acebos, algún que otro tejo, brezo…el musgo tapizaba roquedales y troncos de árboles y diferentes especies los helechos dibujaban los lados del camino. Al fondo, se cerraba el valle y las manchas de colores ocre que nos indicaban pequeños bosques de hayas, delataban la inminente llegada del otoño. El olor a húmedo lo impregnaba todo. Tras unos cuarenta minutos de tranquilo paseo nos introdujimos poco a poco en el hayedo. Si hay algún bosque “mágico”, el hayedo es uno de ellos, pero si además se disfruta de él en otoño, sin lugar a dudas, es el mejor. Los colores verdes se mezclan con manchas rojas, naranjas, ocres, como en la paleta de un pintor y las ramas con los distintos tonos aparecen algunas descolgándose y otras se extienden y alargan paralelas al suelo sostenidas en perfecto equilibrio retando a la gravedad. Las hayas a un lado y otro del camino estiran sus ramas y parecen darse la mano formando un túnel vegetal por el que nos adentramos casi sobrecogidos por esta belleza tan especial. La soledad es absoluta y el silencio tan solo es roto por el sonido del agua que desciende revoltosa entre las hayas. Y el olor….a verde, a húmedo. Pese a que el gris del cielo se había acentuado y amenazaba más que antes lluvia, continuamos atraídos por el hechizo que parecen ejercer estos bosques, y sentíamos como si entraramos en un espacio privado y único.

Pero una suave y delicada lluvia nos hizo salir de esta especie de “trance” y tomamos por fin la decisión de regresar. Siempre acompañados por nuestra fiel Mara que nunca nos pierde de vista y que parecía disfrutar a su manera de este lugar, fuimos descubriendo muchas especies de setas con las que esta época otoñal nos regala: las había rosas, grises, ocres,…hongos casi transparentes y otros como minúsculos trozos de cáscara de naranja que tapizaban el suelo. Toda una belleza de la que disfrutar. Y si además sabes si se pueden comer o no, como un grupo al que alcanzamos y que iban cargados con algunas setas de tamaño mayor a la palma de mi mano, eso ya debe rozar casi la perfección.. Aunque llevaban un par de amanitas cesareas y setas de brezo, confesaron que desconocían si las grandes eran o no comestibles, pero se las llevaban a alguien que sí las identificaba.

Tras llegar a nuestra auto, decidimos descubrir algunos rincones de Santa Cruz del Valle, cuya arquitectura popular de viejas casas de entramado de madera y mortero bien merecen un paseo.

Después pusimos rumbo a Pradoluengo desviándonos antes hacia Garganchón también con bonitas muestras de esta arquitectura popular típica de la zona y una curiosa casa por debajo de la cual manaba el agua, situada por el camino que se adentra en la garganta de Garganchón. Atravesamos lo que parecía el pueblo más grande de esta zona –Pradoluengo- y terminamos el día en Fresneda de la Sierra Tirón, rodeada de bosques y donde el agua parece haber sido más generosa discurriendo tímidamente canalizada por alguna de sus calles además de por debajo de un precioso puente de piedra. Buscamos un tranquilo lugar y nos dispusimos a descansar.

Noche de descanso solo interrumpida por los ladridos de algunos perros (y había muchos en este pueblo) y mañana limpia, clara y luminosa. Casi perfecta. A las 9 y con casi dos horas por delante, pusimos rumbo hacia el yacimiento de Atapuerca.

La carretera se abría ante nosotros iluminada justo a nuestras espaldas con un color especial, limpio, nítido, casi parecido a la luz que hay al atardecer. Disfrutando de estas horas tranquilas de la mañana llegamos a San Miguel de Pedroso donde paramos para visitar su molino harinero que según pudo leer, estaba aún en funcionamiento. Un vecino del pueblo nos dijo que buscaría a una persona para mostrárnoslo y unos quince minutos después apareció D. Ignacio Manso, enfundado en su mono azul quien con el entusiasmo propio de los que aman su tierra, nos hizo un breve recorrido por el pasado de este pequeño rincón Burgalés.


Así comenzamos por el lavadero, que podría estar en perfecto uso, ahora convertido en un pequeño museo que guarda diversos apeos de labranza. Lavadero hundido y reconstruido por los propios vecinos con sus aportaciones.

Nos abrió después una pequeña casa que ahora también albergaba pequeños utensilios para el ganado y las labores. Muchos, recogidos sobre todo con mucho cariño y reunidos para ilustrarnos la vida cotidiana de un pasado no muy lejano, aunque nuestros hijos así lo vean. Tan sólo nos remontábamos unos 70 u 80 años atrás. Distintos tipos de medidas, pesos, herramientas de todo tipo, yugos para el ganado…y me llamó especialmente la atención un yugo “mixto”, que aquí servía para un animal y para una persona, generalmente la mujer del labrador cuando éste no disponía de una bestia para tirar del arado. En Avila este tipo de yugos eran para mula y vaca avileña.

Parece que cuando contemplamos estas cosas regresamos a un libro de historia de la lejana Edad Media, pero lamentablemente está mucho más cerca de lo que muchos deseamos creer o saber. Ignacio nos contó que existía la costumbre casi sagrada de dar cobijo a los mendigos que llegaran al pueblo pidiendo limosna. Un turno establecido indicaba el vecino que esa vez tenía que acoger al viajero. Pero después de la guerra algunos aprovecharon esta hospitalidad para robar así es que el pueblo decidió construir una casa donde ponían un jergón para recoger al caminante o mendigo. Esta casita, también reconstruida por los vecinos, es la que alberga esta colección de pequeños objetos.



Junto a ella aparece otra pequeña que es el molino igualmente reconstruido y que se alimenta de un pequeño arroyo cristalino que cae por una pared. Nos quedamos fuera para ver su funcionamiento. Cuando un pequeño chorro de agua cayo sobre la rueda colocada horizontalmente, ésta es puso a girar a gran velocidad. Me parecía mentira que un chorro tan pequeño pudiera mover con tanta fuerza esa rueda. Y tuve un fugaz recuerdo hacia los viejos molinos del pueblo de mi madre, y que jamás he visto funcionar y de los que solo conozco sus ruinas, accionados al parecer por el agua de un pequeño arroyo que se seca en verano. Supongo que serían similares. Y me gustó reconocer en éste lo que pudo haber vivido de niña mi madre.


Con este recuerdo fugaz entramos rapidamente en el interior comprobando que los años no parecían haber afectado su funcionamiento y como trabajaba sin la pereza que sus muchos años (más de un siglo) y la inactividad crean. Ignacio nos explicó como podían controlar con sencillos mecanismos el grado de triturado. Disfruté de este viaje de la mano de la sencillez y entusiasmo de Ignacio. Me reencontré con mis orígenes humildes, nieta de labradores, y traté de contemplar con mis ojos, lo que mi madre pudo ver con los suyos y lamenté que mis hijos no me hubieran acompañado. Porque ellos, e incluso nosotros, pensamos que eso está muy lejos en el tiempo, que pertenece casi a los libros de historia, y que allí debe ser estudiado, y así es en parte, pero nos pertenece también a nosotros, me pertenece a mí porque lugares como éste han sido escenarios de la infancia de mi madre que ahora tiene 73 años. No están tan lejos en el tiempo. No.


Continuamos este peculiar “paseo en el tiempo” hacia la fragua, que aún utilizan aunque el fuelle original y que aun se conserva y funciona, ha sido sustituido por un ventilador eléctrico porque allí reciben cursos de cerrajería. Ignacio nos comentó que este lugar era el “coladero” o lugar donde se hacia una vez al año “la colada”, donde la ropa blanca era lavada en grandes calderos y blanqueada con ceniza. Las distintas llaves colgadas indicaban demasiadas casas cerradas en el pueblo. De hecho, de 400 habitantes antes de la guerra, se quedo en 90. Este edificio también había sido reconstruido y arreglado por los vecinos y su ilusión era conseguir recuperar su antigua iglesia y hacer un centro de interpretación.

Desde estas líneas, mi ánimo y agradecimiento por su trabajo para recuperar esta memoria histórica que nos pertenece, en mayor o menor grado, a todos, y que contribuye a que distintas generaciones se encuentren y se comprendan mejor.

Estos pequeños rincones, muchas veces olvidados, ejercen cada vez más un mayor atractivo hacia mi y me provocan siempre emociones intensas. Me atrapan con facilidad y me gusta dejarme llevar, no solo por lo que puedo ver, sino oler, porque huelen de forma especial y distinta, y me hacen sentir. Son especiales porque llegan a formar parte de mi, quizás por que han sido parte de mis abuelos y de mi madre. Porque ellos, olvidados, han escrito también la historia, con su esfuerzo, día a día, sin grandes acontecimientos, como batallas o victorias, en pequeños lugares, que no son monasterios, palacios o castillos. Ellos, los anónimos, han cultivado las tierras de esos grandes señores y han cuidado de su ganado. Ellos los han alimentado y han posibilitado su existencia, pero su lugar en la historia lo ocupan los grandes señores y su forma de vida, sus mansiones y los grandes acontecimientos Poco se habla o poco sabemos y poco se conserva de estas gentes sencillas y de sus condiciones de vida. Disfruto con la belleza de un capitel románico, pero también, de manera distinta, con estos lugares que encierran su peculiar historia.

Apenados por no poder dedicar más tiempo a estos pequeños rincones ya que en tan solo media hora deberiamos estar en Atapuerca para iniciar su visita, nos dirigimos hacia Ibeas de Juarros donde vimos el Centro de interpretación. Pero tras llamar por teléfono para confirmar esto, nos dicen que tenemos que dirigirnos al mismo pueblo de Atapuerca, con lo cual, y siendo ya la hora prevista para que estuvieramos allí, iniciamos un frenético regreso por la N-120 por donde habíamos venido, para luego tomar la misma desviación que lleva a San Juan de Ortega, pero hacia Atapuerca. Señalización nula, y lo mismo que aparece en la misma carretera una señal hacia este monasterio, debería de aparecer una hacia el pueblo. Cuando llegamos, un grupo subía a un autocar y tan solo quedaban 5 personas fuera. Ahora no encontrábamos donde aparcar….de locos: venimos a ver este yacimiento y nos vamos sin conseguirlo. Pero un turismo nos deja un hueco, me lanzo a él y corro hacia las oficinas disculpándome y, como no, culpando a la mala señalización. Afortunadamente somos perdonados y a las once en punto subimos al autocar que tras tomar de nuevo la N-120 dirección Burgos, la deja para adentrarse por un estrecho camino hacia los yacimientos. Todavía me parece increíble haber llegado, pero ahí estamos.


Después de 15 minutos de trayecto al final del camino aparece una trinchera de unos 10 metros con andamiajes y techos. Tras ponernos un casco comenzamos nuestro peculiar viaje en el tiempo que resultó una clase sobre evolución muy didáctica y entretenida gracias a nuestra guía, Celia.

Los yacimientos quedaron al descubierto cuando se horadó la montaña para construir un ferrocarril. Y nos adentramos en esta trinchera comenzando por uno de sus yacimientos exteriores, la trinchera de Elefante, que contiene, al parecer los restos más antiguos, de hace aproximadamente un millón de años para continuar hacia otros como la gran dolina.

Celia nos explica la importancia de los fósiles descubiertos, los más antiguos del continente europeo y que revolucionaron las ideas que existian sobre la evolución humana ya que aparecieron nuevos antecesores en nuestro arbol genealógico (homo antecesor) y sabemos más sobre lo que hasta entonces se conocía. Proponen que hace un millon de años, el Homo ergaster viajó de Africa a Europa y aquí comenzarían un desarrollo propio con el Homo antecessor surgiendo después el Sapiens y el heidelbergensis, especie preneardentalensis que se extinguió.

Nos desplazamos por esta trinchera cubierta de andamiajes en su pared derecha y nos paramos frente a la Gran Dolina, donde han aparecido los restos del antecessor, donde podemos ver el techo de la cueva, con pequeñas estactitas y el suelo, y como entre medias se ha ido llenando durante miles de años con sedimentos hasta quedar sellada. La gran dolina tiene 18 metros de sedimentos que recorren una secuencia temporal que va desde hace un millón hasta hace 200.000 años.De los restos extraidos del homo antecesor se deduce que eran individuos altos, fuertes (de 1,80 de altura y unos 100 kg de peso) y con una cara de rasgos modernos similares a los nuestros, aunque su cerebro fuera más pequeño que el del hombre actual, practicaba el canibalismo y su división social se basaba en la edad, donde los más jóvenes eran los cazadores independientemente del sexo.

Igualmente, en la sima de los huesos (yacimiento que no tiene acceso desde el exterior) se han encontrado también restos de otra especie, el Homo heidelbergensis posterior al antecessor. Un cráneo de esta especie, conocido con el nombre de Miguelón (en honor a Miguel Indurain) es el mejor conservado el mundo. Como se encontró también la mandíbula, se ha podido reconstruir por primera vez de forma fidedigna un rostro humano de hace 300.000 años. La cantidad de restos encontrados en la sima de los huesos hace pensar que posiblemente se tratara de un lugar de enterramiento. Esto sumado a la aparición de una herramienta (un bifaz) sin usar que podría ser un presente a alguno de los difuntos enterrados, podría indicar la existencia de una mente simbólica y reflexiva, preocupada por la vida y la muerte y con capacidad de sentimientos. Esto señala al Homo heidelbergensis como un ser humano completo, ya no en lo físico, sino en lo espiritual. De ser así seria el primer caso de conducta funeraria en la humanidad

Pero su importancia radica también en la cantidad de los restos humanos encontrados que representan más del 90 % de los fósiles recuperados en un periodo determinado (Pleistoceno medio) de todo el mundo.

La concentración de huesos y el material extraido es tal, que las campañas duran tan solo dos meses en los que trabajan unas 200 personas profundizando solo unos 20 cm. Los 10 meses restantes se dedican a estudiar y clasificar el material que se envía a diferentes centros de estudios. De un edificio de 11 pisos nos dice que aproximadamente están aún trabajando en el primero. Mas que una mina.

Después de escuchar atentamente todas estas explicaciones, entramos a ver un video de unos 5 o 10 minutos de duración, muy ameno y didáctico con un “ilustraciones” curiosas y originales en la presentación que no voy a descubrir.

Así, dejamos atrás la trinchera, con mucho tránsito, y recorrimos el mismo camino de vuelta. Se podía igualmente visitar el parque donde entendimos que se realizaban actividades distintas que ayudaban a comprender mejor todo lo explicado, así como el museo, pero siendo ya las 13,30 y dado mi escaso interés por los museos (no me gusta ver las cosas en urnas, fuera de su ambiente) pensamos que sería más interesante visitar un pequeño rincón del camino de Santiago, el Monasterio de San Juan de Ortega, muy cerca de donde estábamos, y allí nos dirigimos. El día seguía siendo precioso y el sol, además de brillar, calentaba. Casi perfecto para andar recorriendo este Camino, y nos sorprendió ver mucha gente de todas las edades.

El Monasterio de San Juan de Ortega aparece en un pequeño y agradable rincón del Camino de Santiago, de piedra dorada y parece que reconstruido. Muchos caminantes descansaban. Del interior destacar el capitel donde se produce el llamado “milagro de la luz”. Es el único que “rompe” con los motivos vegetales que decoran toda la iglesia para reproducir la anunciación, la visitación y el nacimiento de Jesús. Al parecer, cara solsticio de primavera y otoño un rayo de luz ilumina esta “secuencia” que dura unos cinco minutos. Y esto no parece fruto del azar. De cualquier forma, el interior de esta iglesia románica es una preciosidad, y de todos los capiteles, éste resulta especial.

Dejamos atrás este lugar para dirigirnos a comer al hayedo de Puras de Villafranca. Aunque inicialmente queriamos disfrutar de algun paseo por Villafranca de Montes de Oca, la hora nos obligó a dirigirnos directamente a esta localidad, pero una vez allí, el camino que se dirige al hayedo es estrecho y no parece facil en alguno de sus tramos, ya que lo que vemos es que asciende. Esto, unido a la información que nos dan de que ha subido mucha gente, nos hace temer por la hora, que nos podamos cruzar con algún que otro turismo de regreso y el camino no lo vemos como para salvar fácilmente estos posibles cruces. Nos hablan además de unos dos o tres kilómetros, así es que, por muy bonito que sea el hayedo, cambiamos nuestros planes y pusimos rumbo a San Esteban del Valle, donde Ignacio, el vecino de San Miguel de Pedroso, nos había dicho que merecía la pena visitar su iglesia visigótica. Pero a las tres de la tarde casi no hay un alma por el pueblo, que por cierto, es bonito y tranquilo con unos rincones que bien se merecen un relajante paseo. Preguntamos a dos adolescentes por esta iglesia, y aunque desconocían si sería o no visigótica, nos enviaron a una a las afueras del pueblo. Y realmente es bonita….si no fuera por que en las ventanas visigóticas añadido un fuste de mármol blanco que contrasta con el color dorado de la piedra. Tal es el contraste que pensé que eran de plástico. No pudimos visitar su interior ya que tenía unas horas de visita que comenzaban a las 5 y un cartel indicaba por quien preguntar si estaba cerrada, pero no eran horas de molestar a nadie, así es que dejamos atrás este bonito pueblo asentado en la ladera de la sierra, para comenzar nuestro regreso por las Bu-820 hacia Burgos, deshaciendo el camino hecho el día anterior. Paramos en una ermita en la carretera a comer y después cerca la N-I en un pinar a ver si teníamos suerte y encontrábamos algún níscalo. Pero no fue así, aunque sí disfrutamos de un delicioso paseo para llegar a nuestra casa a las 20,30 horas.




Mª Angeles del Valle Blázquez
Octubre del 2006